-El Cádiz sigue subido en su particular montaña rusa y lleva consigo a su afición en los vagones de cola. En los descansos de cada partido experimenta una metamorfosis difícilmente explicable que, al menos ayer, le sirvió para congraciarse con una afición que estaba de uñas. “Queremos once Raúl López”, gritaron desde Fondo Sur tras el gol de la Real, al que siguieron los peores minutos de los amarillos. Este Cádiz de sube y baja, de arreones, desaplicaciones defensivas y cambios de sistema valientes, fue capaz de dar la vuelta al partido en apenas un cuarto de hora pero no lo mató, el esfuerzo físico le pasó factura y entre Fleurquin, un coloso ayer, y unos pocos más se sostuvo en pie milagrosamente para sumar un punto que puede ser de oro.
La visita de la Real Sociedad devolvió el ambiente de primera división al Carranza. Las camisetas del club txuri urdin se dejaron ver más allá de la grada reservada a las aficiones visitantes. Allá donde se mirara se veía a alguien de azul y blanco que se comía las uñas viendo como el ascenso se alejaba un poco más. El padre Luis Castro, queridísimo sacerdote de San Felipe Neri, donostiarra de nacimiento, seguidor de la Real y sufridor del Cádiz desde hace décadas, acudió al palco con su corazón partío. Seguro que el empate colmó sus aspiraciones. Otro visitante ilustre fue el argentino Matías Pavoni, que aprovechó el final de la Liga griega para volver a Cádiz de vacaciones y animar a sus ex compañeros en la grada como uno más.
Uno de los momentos más emotivos se produjo cuando Gustavo López fue sustituido y el público le regaló una ovación cerrada, con cánticos incluidos.
En el terreno de juego, Juanma Lillo, ataviado con una sudadera con capucha bastante peculiar, se afanaba en corregir la posición de sus jugadores. Más allá de su excentricidad, sus ademanes o su filosofía futbolística, lo cierto es que su Real exhibió el domingo unos movimientos interesantísimos en ataque que sólo los puede trabajar un técnico experimentado
